Category: Perspectivas

El impacto del diseño en el bienestar de las personas y el planeta

Por: Mariapaz Sepúlveda Cabrera; Arquitecta, acreditada LEED AP, WELL AP y Asesor CES; consultora independiente de proyectos sustentables y saludables.

Resumen: Atender holísticamente la necesidad de calidad de vida, salud y bienestar que la sociedad presenta hoy, es una prioridad que nos permite concebir espacios y ciudades que impactan positivamente a las personas y al planeta.

Palabras claves: Calidad de vida, salud y bienestar; holístico; colaboración y trabajo interdisciplinario.

En Chile se venía enfrentando una crisis social, que fue denominada, luego de Octubre 2019, como  “el estallido social”. Este despertar nos ha dado una oportunidad para reflexionar y reaccionar sobre la sociedad que queremos ser, y en medio de esta pandemia que nos llama a distanciarnos y quedarnos en casa, se evidencia aún más la necesidad de bienestar, de mejorar nuestra calidad de vida, y de romper con las profundas desigualdades de nuestro país.

La tarea de responder a estas necesidades es titánica, pero se hace más terrenal conforme entendemos desde dónde partir. En este sentido, medir el bienestar y la felicidad se hace cada día más relevante, ya que son indicadores que no sólo juegan un rol fundamental en determinar cómo lograr y medir el desarrollo social y económico en un país (World Happiness Report, 2020), sino que también permiten alinear las necesidades e intereses de las personas con el de las instituciones, para generar estrategias efectivas y de impacto significativo.

En el caso del diseño de los espacios y las ciudades, existen diversos estudios que muestran una directa relación entre el aumento de la productividad y el aumento del retorno de la inversión (ROI) cuando atendemos holísticamente el bienestar físico, mental y social de las personas. Podemos encontrar casos de estudio que muestran que la satisfacción y participación de las personas ha aumentado sobre un 70% cuando las estrategias implementadas unen tendencias de comportamiento, según edad e interés, con el diseño y la operación de un espacio (IWBI, 2019).

Para lograr estos niveles de satisfacción y participación se debe entender las necesidades mentales, sociales y físicas de los individuos para quienes se diseña. Por un lado, se debe mirar las estadísticas y el comportamiento de distintos sectores demográficos, por ejemplo, millennials1 y centennials2 muestran que son generaciones con mayores problemas de salud mental que las generaciones anteriores, que no tienen capacidad de proyección y que se sienten solos a pesar de su gran cantidad de “amigos y amigas” en redes sociales. Todo esto debido al exceso de información, falsa o verdadera, a la que se ven expuestos, siendo sus principales preocupaciones la inclusión, la sustentabilidad, la ética y la seguridad (Pasqualini, 2020) – todas en constante amenaza. También son generaciones cuyos sistemas inmunes están más deprimidos que los de generaciones anteriores debido al aumento del estrés, y a que en nuestros primeros años de vida vivimos en espacios estériles con limitado acceso a la naturaleza. Las personas tienden a creer que mientras más limpio un espacio, mejor es para la salud de niños o niñas, pero enfermedades como el autismo, el asma, las alergias alimentarias, la obesidad, entre otras, se ven beneficiadas por la falta de contacto con ciertas bacterias en nuestra primera infancia, lo que contribuye a ser adultos inmunodeprimidos (Gilbert, 2017).

Por otro lado, para lograr un diseño exitoso desde el punto de vista del bienestar, también es importante mirar las principales causas de muerte en el mundo, ya que están relacionadas con enfermedades no transmisibles (ENT) asociadas a factores ambientales, genéticos, socioeconómicos y culturales. Según la OMS, “si estos Factores de Riesgo fueran eliminados se podría prevenir al menos 80% de las enfermedades del corazón, ataque cerebral y la diabetes tipo 2 y 40% de los cánceres” (MINSAL, 2017). Así, debido a que pasamos el 90% del tiempo en interiores y el 100% del tiempo en un espacio/lugar, diseñadores, arquitectos y urbanistas se vuelven primordiales, y cuando se diseña, primero se debe consultar a los usuarios de todas las edades, ya que ellos son los protagonistas y usuarios finales de tales espacios; y segundo se debe mirar a la ciencia que revela factores físicos que las personas no pueden decir por sí mismas.

Todo esto, es un trabajo que se logra implementando políticas públicas intersectoriales que apunten a mejorar nuestra condición y estilos de vida; y a la colaboración y el trabajo interdisciplinario de comunidades y profesionales, entendiendo que todos y todas interpretamos un rol fundamental en mejorar el bienestar y la calidad de vida de las personas.

Im1. Colaboración y trabajo interdisciplinario para atender holísticamente el bienestar físico, mental y social de las personas / Fuente: Rawpixel.

Hoy, existen diversas fuentes de información y herramientas que podemos consultar en materia de salud y bienestar en edificios y comunidades, las cuales gracias a la colaboración de diversas instituciones y trabajo interdisciplinario han logrado abordar holísticamente estos temas, considerando estrategias de calidad de aire y de agua, parámetros de luz y acústicos, y consideraciones de confort, encuentro social y vida saludable. Algunas de estas herramientas son las presentadas por la Certificación Fitwel, o por el International WELL Building Institute con la Certificación WELL o el WELL Health-Safety Rating (inaugurada este mes para el retorno post-COVID-19), y también por certificaciones ya aplicadas en Chile como LEED y Certificación Edificio Sustentable (CES), que incluyen algunas estrategias enfocadas en las personas. Así como estás, existen muchas otras, lo importante es que al elegir las estrategias que se implementarán se busque un impacto integral considerando comportamiento y operación para lograr un diseño efectivo; tomando en cuenta aquellas que han demostrado tener un mayor impacto en la salud y el bienestar al mejorar aspectos como calidad del aire, confort térmico, iluminación natural y artificial, ruido y acústica, vistas y biofilia, ergonomía, ubicación y acceso a servicios (Attema, 2018). Todos ellos, factores fundamentales para el desarrollo integral de la habitabilidad para la infancia.

Im2. Espacio infantil diseñado en base a enfoque holístico y de bienestar / Fuente: https://www.frameweb.com/news/ecokid-kindergarten-lava

Finalmente, para lograr atender holísticamente la necesidad de calidad de vida, salud y bienestar que la sociedad presenta hoy, se debe abordar cada diseño que hagamos desde el corazón, con empatía y comprensión por las personas para quienes estamos diseñando, y desde ahí, hacer un trabajo interdisciplinario que nos permita entender el espacio que habitamos como un ecosistema vivo que tiene un impacto real en la salud pública, ya que entonces nuestras ciudades no sólo se vuelven un lugar fantástico para experimentar la vida, sino que también afectan positivamente el bienestar del planeta que nos da hogar. Aprovechemos esta pandemia como una oportunidad para cuestionar el “status quo” o “business as usual” para escuchar, dar forma y regalar la dignidad y bienestar que los chilenos y chilenas exigen.-

Referencias:

Notas:

1. Millennials (Generación Y). No hay precisión o consenso respecto a las fechas de inicio y fin de esta generación; los demógrafos e investigadores suelen utilizar los primeros años de la década de 1980 como años de inicio del nacimiento y de mediados de la década de 1990 a principios de la de 2000 como años de finalización del nacimiento

2. Centennials  (Generación Z). Los demógrafos e investigadores suelen señalar desde la mitad de la década de 1990​ a mediados de la década de 2000​ como el comienzo de los años de nacimiento de la generación, mientras que hay poco consenso con respecto a su terminación.

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Infancia “asintomática”: abordar la salud mental en tiempos de encierro

Por: Consuelo Mucientes Medina; Psicóloga infanto juvenil
Colaboradora de Escala Común

En otros tiempos, la instalación de medidas para aislar a niños y niñas del espacio público y sus rutinas sociales, así como exponerlos a información que les genere miedo y terror, constituiría un acto de maltrato emocional infantil. Al ver restringidas las posibilidades (progresivas) de mayor autonomía y determinación en estos/as niños/as, quienes ejercen como profesionales de la salud se verían en la obligación ético – legal de actuar y activar las redes de protección de derechos. En cualquier otro contexto, dentro de nuestro país, el encierro o confinamiento en sí constituiría una amenaza al bienestar integral de la infancia.

Hoy, sin embargo, nos encontramos al otro lado del espejo. El encierro se ha ido normalizando progresivamente durante los últimos meses a nivel colectivo, bajo la premisa de cuidar al otro, tanto como a uno mismo. En definitiva, surge de la solidaridad como responsabilidad social ciudadana, a partir de los aportes e indicaciones que la ciencia realiza para el bienestar de la humanidad.

¿Que ha implicado esto para la infancia?

A ratos se presentan visiones más románticas de la Cuarentena y el aislamiento social, y si bien es cierto que emergen grandes recursos adaptativos y de aprendizaje en los momentos de ocio a través del juego, los niños y niñas también se encuentran haciendo frente a una gran crisis. 

La organización internacional Save the Children recientemente realizó un estudio entrevistando a más de 6000 niños/as durante este período, en cinco países de alto ingreso per cápita. En Finlandia, se identifica que el 55 por ciento sentía fatiga, y 7 de cada 10 menores, así como un cuarto de los participantes del mismo estudio, pero en Estados Unidos, sentían ansiedad. En el Reino Unido en tanto, casi el 60% de los niños y niñas encuestados temía que un pariente pudiera enfermar, y en Alemania 3 de cada 10 estaban preocupados por no poder terminar el año escolar. En España, se identificó que 1 de cada 4 niños presenta ansiedad durante el aislamiento, y que en 4 de cada 10 hogares los niveles de estrés y problemas de convivencia se han incrementado considerablemente, así como las dinámicas de violencia física y psicológica hacia la infancia.

Los niños/as se han visto afectados por el cambio de no ir presencialmente a su centro educativo, por tener que adaptarse al formato de clases online desde su hogar, sujetos a disposiciones ministeriales abruptas que han significado la pérdida de espacios colectivos de encuentro en la ciudad, y por verse confinados en ambientes de alto estrés. Esto es aún más preocupante considerando que muchos se encuentran viviendo esta situación en malas condiciones de habitabilidad de sus hogares.

Si bien estas situaciones siguen, no se ha tomado el peso real de lo que implican hoy y a largo plazo para la infancia, y por supuesto, para quienes les cuidan. Dentro de esta crisis sanitaria, los niños y niñas han sido denominados “vectores de contagio”, pero no son considerados “población de riesgo”. Lo cual en una crisis sanitaria de esta envergadura, esto genera que en primera instancia los niños y niñas no sean prioridad. De esta manera, es comprensible como se han adoptado medidas sobre la marcha que parecen naturalizar su plasticidad y capacidad de adaptación como un recurso más y una externalidad negativa menos. En conjunto con esto, la premisa de que una persona asintomática es una persona “saludable” todavía impera fuertemente en Chile y durante esta crisis sanitaria no ha sido la excepción. Si hay algo de lo que hemos sido testigos durante esta Pandemia, es de los efectos que puede provocar esta visión en la gestión de la salud.

Estos elementos, juntos, permiten hacer una radiografía del presente en cuanto a la escasa e invisibilizada gestión de la salud mental en la infancia chilena. Estas dos premisas llevan a las instituciones, tanto como a las personas a no preocuparse oportunamente de su salud, y sólo sospechar cuando aparecen síntomas. Así mismo, evidencian las principales razones por las que Chile viene arrastrando una crisis de salud mental desde hace tiempo. En el caso de la infancia, grupo social que históricamente ha sido desplazado e invisibilizado, esto no es excepción. En esta crisis sanitaria, ellos/as han pasado a ser “los más asintomáticos”.

Hoy, la pérdida de los espacios públicos resuena fuertemente en los adultos, ¿Por qué habría de ser distinto en los niños/as?

Si bien pueden aprender y experimentar lúdicamente, e internalizar la importancia de la solidaridad con la comunidad, esto no debe confundirse con ausencia de conflicto. Se requiere de ambientes facilitadores, figuras de cuidado y factores protectores que den espacio a estas prácticas. 

Se han hecho esfuerzos desde los establecimientos educacionales, por ejemplo, que han solicitado a profesionales elaborar guías de orientación que sean de fácil acceso para los padres y madres, que apunten a mejorar la interacción dentro del hogar y disminuir los niveles de estrés en las relaciones interpersonales. Esto resultaría óptimo, si tan sólo fuera suficiente que una persona pase a incorporar hábitos y acciones al tomar conocimiento de las recomendaciones. Y por otro lado, estas guías tampoco son un dispositivo que logren abordar una de las problemáticas centrales: la desigualdad del espacio físico del hogar de cada niño/a. Esto no significa que dichos instrumentos sean innecesarios o poco útiles, sino que el abordaje del problema debe ser mucho más profundo y sistémico.

En un país que enfrenta una crisis profunda de desigualdad, el mandato del Ministerio de Educación de clases virtuales no llega a todos/as los niños/as de igual forma. No sólo por la materialidad de los dispositivos electrónicos, por cierto, sino en general, debido a una falta de recursos para poder improvisar espacios óptimos para el aprendizaje y que les puedan proveer a los niños/as una sensación de continuidad durante estos momentos de incertidumbre. Difícilmente se puede comparar la previsibilidad de contar a diario con una pizarra con plumones y un/a profesor/a cuya única labor es propiciar el aprendizaje, a tener que estar buscando un lugar dentro de la casa donde poder instalarse sin ruido y sin ser molestado/a.

La materialidad del espacio en el que viven las infancias de Chile también marca su vida emocional y desarrollo psicosocial. Las condiciones de hacinamiento, la segregación y violencia urbana, así como el escaso acceso a servicios, son sólo algunos factores que previo a la pandemia ya generaban que niños y niñas se sintieran inseguros de acceder a sus espacios públicos.

Durante este período, marcado por la grave crisis sanitaria que vivimos, no sólo debemos pensar en el estado emocional de la infancia desde la sintomatología. La problemática de salud mental, asociada al largo período de encierro, nos obliga a pensar en cómo se relacionaba previamente las infancias al espacio público y sus viviendas.

Así mismo, despierta la pregunta por las condiciones que facilitan el desarrollo integral de la infancia en los espacios públicos, la relevancia que tiene la comunidad en su bienestar y que podemos hacer para re vincularlos al espacio. Esto sería, tal vez, una lectura distinta de un “ambiente facilitador”. Posterior a la pandemia, en el momento en que todos/as estarán deseando salir y disfrutar los espacios públicos, debemos pensar como facilitar mejores espacios para la infancia. Hoy por hoy, la posibilidad de la que la infancia (y el mundo adulto) perciba un mundo que no está constantemente amenazado por fenómenos del calentamiento global o pandemias es bastante distante, y depende de nuestras acciones que mejore.

Hoy nos encontramos avanzando hacia los tres meses y medio de aislamiento social y cuarentena, voluntaria u obligatoria. El aumento crítico de casos de COVID19 en nuestro país, producto de medidas sanitarias insuficientes, da luces de que la situación de aislamiento continuará; y con esto la incubación de una fuerte crisis sanitaria de salud mental que poco a poco se irá haciendo escuchar.

En vistas de esto, más que prudente, se vuelve necesario adelantarnos y atender la crisis de salud mental infantil en el presente, como también integrar una lectura más compleja del problema. Esto requiere entender la relación entre espacio público y salud mental en la infancia, qué experiencias se irán configurando durante y posterior a esta pandemia, para así poder actuar oportunamente.

Es importante comprender cómo se están organizando (y esforzando) las familias con niños/as para equilibrar los altos niveles de estrés asociados a la incertidumbre en el mejor de los casos.

En muchos casos haydespidos, recorte de ingresos, escasez de alimentos y otros factores. Por tanto, es importante dar un espacio a ambas caras del espejo: aquella capacidad de adaptación impactante propia de la infancia que es tanto un aporte tremendo como un recurso, al igual que la crisis de la que también son parte y como les está afectando a nivel de salud metal.

En definitiva, se trata de que durante la experiencia de vivir una crisis tan repentina, importante y multifactorial como la que se presenta, hagamos un esfuerzo por adelantarnos y repensar estrategias de prevención y promoción de la salud mental de la infancia. Una de estas dimensiones que puede traducirse en un bienestar a largo plazo tiene estrecha relación a la experiencia urbana y de vivienda. Para lograr abordar esto,  se requiere de organismos públicos, privados y el gobierno trabajando en conjunto para elaborar propuestas prontas y que de seguro no sólo aliviarán a niños y niñas, sino también a sus cuidadoras y cuidadores.

Prestando atención a los “asintomáticos”, quizás podamos prevenir otra crisis.

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Presupuestos participativos: una vinculación incidente de niños, niñas y adolescentes con sus ciudades

Por: María Fernanda Martínez; Cientista Política, Magister en Medio Ambiente y Asentamientos Humanos U. Católica de Chile. Consultora de Naciones Unidas.

Resumen:
Los presupuestos participativos que involucran a los niños, niñas y adolescentes son herramientas democráticas muy efectivas, al promover una ciudadanía más activa y consciente de los problemas que se perciben en su entorno urbano.

Palabras claves: participación infantil; presupuestos participativos; ciudades

Decidir en el gasto público es un claro ejemplo de participación incidente. Los presupuestos participativos vinculan  a la población de manera activa en procesos de toma de decisión, diseño y ejecución de políticas públicas urbanas.  Uno de los antecedentes de esta experiencia es el caso de Porto Alegre, Brasil, que desde la década de los noventa fomentó una mayor injerencia de la población sobre el gasto público de su ciudad. Posteriormente, otros lugares de Brasil y el mundo han implementado este modelo y han logrado vincular en las decisiones presupuestales tanto a la población adulta como también a los niños, niñas y adolescentes.

En Barra Mansa, ciudad del Estado de Río de Janeiro que ronda los 170.000 habitantes, este proceso se llevó a cabo por medio de un Consejo Presupuestario Participativo Infantil y Juvenil conformado por niños, niñas y adolescentes que avanzaron, de la mano de funcionarios locales, líderes sociales, padres y maestros, en la identificación de prioridades urbanas y en la asignación de rubros presupuestales para desarrollar proyectos en su ciudad. De este proceso surgieron iniciativas asociadas a la recuperación de escuelas, plantación de árboles, desarrollo de áreas recreativas, el mejoramiento de luminaria y de los espacios públicos para disminuir la inseguridad en la ciudad.

Estos procesos de participación ciudadana vinculan a los más jóvenes con el entorno donde viven, permitiéndoles formular proyectos que mejoren el entorno urbano. Además, consisten en un ejercicio de formación cívica en la práctica, al brindarle a niños, niñas y adolescentes elementos para identificar las necesidades y dificultades de su barrio o ciudad y trabajar en el diseño de estrategias para afrontarlos.

Im1. Boston Youth lead the change / Fuente: bostonmakers.org/youth-lead-the-change/

Uno de los casos recientes de este tipo de involucramiento es la iniciativa Youth Lead the Change en la ciudad de Boston que designa un millón de dólares del presupuesto de la ciudad para proyectos propuestos por adolescentes. Este proceso se inicia a través de jóvenes voluntarios, denominados agentes de cambio, que de la mano de los departamentos juveniles y municipales desarrollan propuestas de proyectos para mejorar los espacios urbanos y la calidad de vida de la ciudad.  Estas propuestas se someten a votación por parte de los miembros de la comunidad que se encuentran entre los 12 a 22 años.  De estas, se escogen las tres propuestas con mayor número de votos y por un periodo máximo de 5 años, los jóvenes trabajan conjuntamente en la implementación del proyecto con los departamentos de la ciudad y demás partes interesadas.

Entre los proyectos que se postularon en el periodo 2019 – 2020, los que obtuvieron más votación se encuentran los siguientes:

  • Plantar la ciudad: consiste en plantar más árboles y plantas alrededor de la ciudad de Boston, principalmente en las áreas más urbanizadas.
  • Renovación del refugio Woods Mullen: proporciona muebles, mejora las instalaciones y dota de mejores equipos a este refugio destinado a personas sin hogar.
  • Calor para el éxito: pretende mejorar los sistemas de calefacción escolar. 

Así, la importancia de vincular a los adolescentes en los procesos de planeación y mejoramiento urbano a escala local, radica en la posibilidad de forjar ciudades más inclusivas, más sostenibles y con una ciudadanía más consciente y activa que participa en procesos intergeneracionales de formulación e implementación de políticas urbanas.

Formar al niño/a y adolescente como ciudadano e involucrarlo en la mejora de su entorno local y urbano, puede contribuir con la regeneración el tejido social y generar políticas públicas participativas para contrarrestar grandes desafíos como el aumento de la contaminación ambiental, la criminalidad juvenil y la segregación social. Además, ante crisis sociales y económicas como las que atravesamos hoy con la pandemia global, se hace más importante contar con jóvenes conscientes de los problemas que atraviesan sus comunidades, que puedan reflexionar y adelantar iniciativas para contribuir con el bienestar urbano y social.

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La ciudad desde la mirada de las niñas

Por: Nicole Pumarino (Arquitecta y Magister en Desarrollo Urbano PUC, cursando un MPlan en City Planning en UCL;
Karen Seaman (Arquitecta U.Chile, Magister en Diseño Urbano de la Universidad de Barcelona) de La Reconquista Peatonal

Resumen:
La movilidad en las grandes ciudades ha sido principalmente abordada desde la eficiencia en los tiempos y recorridos de los desplazamientos. En este sentido, los principales acercamientos a la infancia desde la movilidad han estado relacionados con la implementación de proyectos de camino seguro a la escuela desde una mirada adultocéntrica y enfocada en la seguridad vial. Escuchar la voz de la infancia para conocer la experiencia que tienen niñas y niños en la ciudad es un desafío que abordó La Reconquista Peatonal en un proyecto de registro cualitativo de experiencias, y cuyos resultados invitan a ver la caminata infantil como un sistema de múltiples componentes que requiere de calles y espacios urbanos que faciliten la relación de niñas y niños con lo público, ya sea a través del juego o mediante la observación del paisaje y el contacto con otros seres y cosas. Una nueva mirada que es un llamado de atención para volver a lo importante y repensar nuestras ciudades de una forma integral y considerando la voz de todos quienes la habitan.

Palabras clave: movilidad, infancia, espacio público, camino escolar, experiencia cotidiana

Im1_ Taller en el Aula / Fuente: Reconquista Peatonal

La movilidad en las grandes ciudades ha sido principalmente abordada desde la eficiencia en los tiempos y recorridos de los desplazamientos. Moverse, en cualquier medio de transporte, pareciera ser una acción homogénea, inherente a los contextos urbanos. En los últimos años, ha habido un giro en los enfoques de movilidad para plantear un nuevo paradigma en el que la dimensión social del viaje es central. Desde aquí, las diversas experiencias, los modos y las personas son fundamentales para comprender la ciudad y la manera en que la habitamos. Abordar la movilidad desde las experiencias requiere incluir a todo tipo de personas en la construcción de la ciudad y especialmente levantar voces de quienes han sido históricamente invisibilizados. 

Dentro de esas voces relegadas, la infancia sigue siendo una de las grandes deudas. Los principales acercamientos a la infancia desde la movilidad han estado relacionados con la implementación de proyectos de camino seguro a la escuela.En estos, la caminata ha sido estudiada desde la seguridad vial y social: se han diseñado estrategias para disminuir los accidentes de tránsito; se han organizado grupos de adultos que acompañen a niñas y niños en el recorrido a la escuela; se ha promovido la caminata como un modo de desplazamiento sustentable y saludable; e incluso se ha fomentado que los entornos inmediatos a establecimientos educacionales sean caminables para mejorar la eficiencia de los flujos vehiculares cercanos. Muchas de estas propuestas han sido exitosas en el cumplimiento de sus objetivos, sin embargo, todavía se plantean desde lógicas de eficiencia, sin indagar demasiado en la experiencia de lo cotidiano que tienen niñas y niños, ya sea de manera independiente o con quienes les cuidan. Consecuencia de la mirada adultocéntrica que prima sobre las decisiones urbanas tenemos ciudades que responden a las preocupaciones de madres, padres y cuidadores pero que no revelan la mirada de infantes sobre sus barrios y ciudades.  

Al invertir la mirada y preguntar acerca de cómo se perciben y describen los barrios y los recorridos cotidianos a pie desde la infancia aparecen nuevas pistas. La prioridad ya no se ubica en la seguridad de los elementos viales y se muestran nuevos factores esenciales para considerar un camino atractivo y confortable. Para indagar en estas materias, en un  proyecto[1] realizado por La Reconquista Peatonal y la Municipalidad de Renca, se consultó a niñas entre 6 y 11 años por sus recorridos a la escuela y las caminatas en sus barrios. Las posibilidades que aparecieron en torno al camino escolar se multiplicaron respecto a los parámetros comúnmente manejados. 

Im2: Cuadernos del camino de las niñas / Fuente: Reconquista Peatonal

Los relatos de las niñas muestran que la caminata cotidiana en Renca tiene múltiples propósitos y destinos, caminan por el barrio, el pasaje, a la feria, a visitar a familiares o amigos, por lo tanto cuando pensamos en la infancia y la caminata, el camino está en todos lados. Desde su visión, caminar les permite otra relación con el entorno urbano, «me puedo acercar y tocar lo que veo»; faculta encuentros con otras personas y con animales; les parece relevante para su salud y una actividad que les permite pasar tiempo en familia «caminamos juntos a la feria, o a ver a mi abuelo». Además, la mayoría de las niñas camina acompañada, no solo de quienes las cuidan, también de amigas y familiares. Pensar entonces en un camino para ellas requiere también pensar en un camino espacial y socialmente pensado para grupos intergeneracionales.

La mirada sobre el espacio urbano de estas pequeñas protagonistas se focaliza en fragmentos detallados del paisaje que descubren mientras caminan. Sus relatos describen las flores de distintos colores que aparecen en el recorrido, los perros y gatos que están en la calle, la perfecta noción de dónde están los lugares de juego, el carrito de sopaipillas en donde se detienen a la salida del colegio, la panadería donde se abastecen, las casas que reconocen de memoria, los edificios altos que les llaman la atención y la constante presencia del Cerro Renca que las acompaña a donde quiera que vayan. Con estos fragmentos de ciudad ellas van creando un mundo del que las personas adultas a veces ni nos enteramos. Muchas veces el camino se transforma en un viaje hacia un castillo en el que ellas son las princesas, el cruce de una calle es un gran lago por el que ellas avanzan saltando entre “troncos blancos”. En otras ocasiones, así como aparece lo que les gusta y llama la atención, también tienen una mirada crítica sobre la basura en las calles y las personas que la botan, los lugares sucios y deteriorados, el abandono de personas y animales y los comportamientos inadecuados en un espacio que es de todos. 

Im3: Camino a la Escuela / Fuente: Reconquista Peatonal

De esta manera, la mirada de la infancia, más que revelar pistas para un camino enfocado en prevenir accidentes de tránsito, nos entrega nociones de cómo podemos hacer caminos atractivos en los que niñas y niños sientan confianza e interés y cómo la composición del paisaje urbano es fundamental para ello. Si queremos fomentar la caminata a la escuela para aprovechar los beneficios cognitivos, de salud, ambientales y sociales que tiene esta actividad en la infancia, además de proveer de un entorno que otorgue seguridad a sus padres, debemos considerar como elemento central la visión de niñas y niños, compuesta de múltiples componentes: la limpieza de las calles, las personas y animales que encuentran en su camino, los espacios para jugar, la vegetación, los árboles y la diversidad de cosas que ver en el entorno. Con esto dejaremos de pensar solo en lugares que deben ser exclusivos para la infancia, como suelen ser las plazas con juegos infantiles, y comenzaremos a plantear la creación de entornos urbanos que consideren a niñas y niños en todas sus dimensiones, que faciliten su relación con lo público ya sea a través del juego o mediante la observación del paisaje y facilitando el contacto con otros seres y cosas. La mirada que nos entrega la infancia respecto a las calles y espacios públicos es un llamado de atención para volver a lo importante y repensar nuestras ciudades de una forma integral y considerando la voz de todos quienes la habitan.


[1] Nota: Las observaciones de este texto se basan en los resultados del proyecto «Niñas a la escuela» formulado por la organización La Reconquista Peatonal en conjunto con la Municipalidad de Renca. www.lareconquistapeatonal.cl

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Infancia y ciudad en tiempos de pandemia

Por: Piera Medina Ziller; arquitecta urbanista, Magíster en Desarrollo Urbano UC; directora ejecutiva Fundación Escala Común: infancia, crianza y bienestar en la ciudad:  www.escalacomun.cl.

Llevamos casi 2 meses dentro de nuestras casas, algunas menos que otros países que nos preceden a esta crisis. De forma abrupta e insospechada tuvimos que detener nuestro ritmo, guardarnos dentro de nuestros hogares, y esperar a que todo esto pase; esperar, nos hemos vuelto a encontrar con la espera, en un mundo cargado de prisas.

Tras muchas conversaciones y reflexiones sobre cómo cada uno ha enfrentado este momento, lo único claro es que está pandemia y cuarentena nos pilló a todos de diversas formas, enfrentándonos desde distintas aristas, a cómo vivir y hacer el balance y complemento sobre lo que ha sido para cada uno el encierro y el distanciamiento social, el aburrimiento, lo laboral, la incertidumbre, y para muchos, cómo vivir la crianza en tiempos de cuarentena. La experiencia para muchos padres ha sido sin duda un aprendizaje cargado de sentidos, y para los niños y niñas, un capítulo que dejará huellas en su memoria para siempre. Los diversos cambios que han debido enfrentar en sus rutinas y contextos de vida han sido significativos, como por ejemplo trasladar el colegio y todos sus beneficios sociales, a una pantalla (cuando los recursos lo permiten), en la que el rol pedagógico lo han debido absorber los propios padres, el juego en el patio escolar (clave para el desarrollo social intergeneracional) ha sido reemplazado por tardes de juego en casa, y el uso del espacio público y los distintos espacios de la ciudad, ha quedado acotado a los espacios comunes de la vivienda. El cómo se sintieron y sobrellevaron el día a día mientras estuvieron en casa, será una historia para contar cuando vuelvan a visitar a sus abuelos, amigos, y familiares.

La ciudad ha quedado restringida para muchos niños y niñas, y quizás como nunca antes, entendemos el valor que tiene el espacio público para la calidad de vida de las personas, en especial para los padres que reconocen la ciudad como un soporte necesario y lleno de beneficios para la crianza de sus hijos/as. Hoy nadie podría negar el rol que tiene la ciudad para el desarrollo y bienestar de la infancia, y de todos nosotros, y la importancia que tiene el espacio público para sentirnos parte de una comunidad vinculada que entrega sentido a nuestra identidad.

La existencia del hombre surge a partir del habitar, señala Heidegger, y en los tiempos que vivimos hoy, esto cobra aún más relevancia para la infancia. La dimensión de lugar comienza a definirse desde etapas tempranas, cuando el niño/a se inicia en la etapa de exploración, a partir de los primeros movimientos autónomos, como el gateo y sus primeros pasos, los paseos por la ciudad, o bien, sus primeras incursiones socio-espaciales en la plaza de juegos del barrio. La ciudad, como soporte de distintos lugares dialogantes, juega un rol clave en esta etapa de desarrollo. 

Es en la ciudad que el niño/a comprende la relación que existe entre los espacios interiores y exteriores, lo público y lo privado, los otros sujetos y las interacciones sociales, y en la medida que se convierte en un sujeto urbano, comienza a integrar los distintos ‘lugares significativos’ en su experiencia y generar relaciones con y entre ellos. Esto comienza una vez que el niño/a empieza a entablar vínculos cotidianos con el entorno urbano, se relaciona emocionalmente a través de la experiencia y los incorpora como parte de su inventario espacial personal. Todo ello es de una operación muy compleja para el niño/a, pues la comprensión de su entorno requiere ir a la par con del desarrollo de las distintas áreas cognitivas en constante evolución y perfeccionamiento.

Para la infancia, la ciudad juega un rol fundamental en su desarrollo cognitivo, psicosocial, psicomotor, para su salud física y mental, para sus aprendizajes simbólicos y espaciales, etc. Hacer actividades al aire libre de forma cotidiana genera beneficios directos en la disminución de obesidad, sedentarismo, problemas a la visión, pero también, las prácticas cotidianas de los niños/as en el espacio público genera beneficios en su autonomía, en su construcción de identidad como individuo, en la cohesión social, y calidad de vida de los entornos donde los niños/as participan. 

No obstante, el desarrollo de la ciudad, con gran énfasis en las últimas décadas, ha desconocido la presencia de los niños/as como usuarios activos de los espacios públicos de encuentro y sociabilización. Más bien, es posible determinar que la sociedad ha entendido y consensuado casi sin reparos, que la ciudad se ha vuelto un elemento peligroso, inhóspito, y no apto para el uso infantil. La coyuntura entre la ausencia de mecanismos de inclusión y participación de este grupo en la planificación urbana, y la excesiva cautela y restricción para que los niños/as usen el espacio, libre y de forma autónoma, los ha expulsado de lo que antiguamente era su imperio natural, la calle, el barrio, la ciudad, ámbito de socialización que resultaba fundamental para su desarrollo. 

Este encierro, obligado o por prevención, nos ha abierto perspectivas que parecían soslayadas en lo cotidiano, nos invita a la reflexión sobre qué y cómo queremos ser una vez que volvamos a lo público. Y es que volver a lo público requiere de una reinvención de nuestro ‘ser público’, es recuperar el tiempo y espacio perdido, y refundar una nueva manera de formar parte de la ciudad, y de re-pensarla para todos sus habitantes. Hacer presentes las voces de los niños y niñas en las miradas territoriales, que durante esta pandemia, y en la vida cotidiana en general, se encuentran completamente ausentes.

Pero, ¿qué pasa cuando no podemos salir a ciudad? ¿qué pasa cuando debemos mantener a los niños y niñas en casa para protegerlos en tiempos de pandemia? 

Pues bien, estamos frente a un momento único que nos invita reflexionar sobre el rol indiscutible que tiene la ciudad para el desarrollo infantil, pero también, para reconocer los valores que le entrega la infancia a la ciudad y a la calidad de vida urbana. ¿Qué sería de la ciudad sin los niños y niñas? ¿Seríamos capaces de vivir una ciudad sin sus risas, sin aquella imaginación que los niños/as le regalan a los espacios, su forma de resignificar cada esquina y cada lugar desde la acción lúdica propia de la infancia? No podemos permitirnos perder los valores que la infancia le regala a la ciudad, aquellos que permiten mantener activa y viva su propia infancia.

Que esta experiencia sea un punto de quiebre para devolverle los espacios de la ciudad a los niños/as. Que sean sus impresiones y percepciones, así como sus experiencias, las que cambien los ojos con los que miremos los lugares. Al volver a la calle, permitamos a los niños/as explorar, conocer, disfrutar, y reinterpretar una y mil veces cada rincón de la ciudad, que recuperen el espacio perdido, aceptando la invitación a involucrarnos también como adultos en ello. Estamos frente a un momento histórico a nivel mundial, en donde las conexiones se sostienen a través de la internet. ¿Y al salir, podremos llevar estas relaciones al plano exterior? Dependerá de nuestra capacidad de reinventarnos luego de esta crisis, y crear espacios que contengan aquellos encuentros cotidianos, y tan esenciales como lo han sido durante esta crisis a través de una pantalla. Dependerá de nosotros crear lugares donde los niños/as puedan jugar y estar en la ciudad, así como los vínculos que sostienen estos espacios. La mirada en la vida cotidiana se hace urgente para comenzar a entender los territorios, sobre todo una vez que volvamos a vivir la experiencia territorial, y ser comunidad.

Al poner el foco en cómo se piensa la ciudad desde la infancia, se empieza a abrir la caja de problemáticas que hoy vemos con tanta claridad al estar encerrados, y esto es un desafío que debe ser abordado con urgencia.

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Nota: Este texto tiene como base dos investigaciones realizadas por el equipo de Escala Común tituladas: “Geografías de la Infancia: derribando muros del Gigante Egoísta. Análisis de la pertinencia infantil en el diseño de espacios públicos”, disponible en: Manual geografías de la Infancia) y “Ludotecas Barriales: reconfiguración barrial desde la infancia. Análisis de un modelo de fortalecimiento comunitario y bienestar infantil en la ciudad”, disponible su resumen en: Manual Ludotecas Barriales

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